Los planes de expansión italianos en Etiopía tropezaron con la capacidad de organización de Menelik II (1895), que se desvió del papel que Italia pretendía asignarle. Su ocupación de las regiones de Tigrè y Amhara (1889) contaban con el beneplácito de Italia, pero su poder posterior se convirtió en un serio riesgo. Fue Menelik, proclamado emperdor, el que concedió a Italia el control de Eritrea. Las discrepancias en la traducción del tratado de Uccialli, en el que la versión italiana establecía el protectorado sobre Etiopía, acabó generando un gran levantamiento que logró movilizar una fuerza de 100.000 independentistas. Tras la sonada derrota italiana en Adua, según lo establecido en el Tratado de Addis Abeba, firmado el 26 de octubre de 1896, los italianos reconocieron la independencia de Etiopía y ésta, a su vez, reconoció a Eritrea como una colonia italiana, lo que provocó numerosos conflictos posteriormente. Varias potencias europeas se apresuraron a establecer relaciones diplomáticas con Etiopía, que se convirtió en el único Estado africano que conservó su independencia durante el reparto de África de la era colonial.